Especialización en personas hipoacúsicas
Mi trabajo está especialmente dirigido a personas con hipoacusia que desean comprender y afrontar el impacto emocional que puede acompañar a la pérdida auditiva.
La pérdida auditiva puede cambiar la vida de una persona de muchas maneras. No solo transforma nuestra forma de comunicarnos, sino que puede influir en nuestras relaciones, en nuestra participación social, en el ámbito laboral y familiar, en la confianza en nosotros mismos y en la manera en que nos percibimos y nos relacionamos con el mundo.
Sin embargo, la hipoacusia continúa siendo, en gran medida, una discapacidad invisible. A diferencia de otras discapacidades, muchas veces no se percibe a simple vista y, por ello, el entorno puede no comprender las dificultades que experimenta la persona. «Si te hablo más alto, me oyes» o «pero si llevas audífonos, ya está solucionado» son ideas que reflejan una realidad mucho más compleja de lo que parece.
Existe también una creencia muy extendida de que la pérdida auditiva está necesariamente vinculada a la edad. Sin embargo, cada vez son más las personas que experimentan dificultades auditivas a edades más tempranas, por diferentes causas y en un contexto en el que nuestros estilos de vida y la exposición continuada al ruido forman parte de nuestra realidad cotidiana. La hipoacusia, por tanto, puede aparecer en diferentes momentos de la vida y afectar a personas muy diversas, independientemente de su edad.
Otra de las grandes desinformaciones que rodean a la pérdida auditiva es pensar que utilizar audífonos o llevar un implante coclear significa recuperar la audición y que, a partir de ese momento, las dificultades desaparecen. La realidad es mucho más compleja. Estos dispositivos pueden ser herramientas fundamentales para mejorar el acceso al sonido y facilitar la comunicación, pero no funcionan como unas gafas que corrigen la visión y permiten ver con normalidad. Escuchar y comprender el lenguaje requiere, en muchas ocasiones, un esfuerzo adicional y una adaptación constante.
Por eso, la pérdida auditiva no termina cuando llega una ayuda técnica. Para muchas personas, ahí comienza una nueva etapa de aprendizaje y adaptación que puede requerir tiempo, recursos y acompañamiento. Aprender a utilizar un dispositivo, acostumbrarse a nuevos sonidos, enfrentarse a situaciones comunicativas complejas, gestionar la fatiga auditiva o volver a encontrar seguridad en las relaciones son procesos que también forman parte del camino.
A lo largo de este proceso pueden aparecer emociones como frustración, inseguridad, tristeza, enfado o soledad. También pueden surgir cansancio, aislamiento, dificultades para pedir ayuda o la sensación de que los demás no comprenden realmente lo que estamos viviendo.
Mi especialización nace de la unión entre mi formación y mi propia experiencia como persona con hipoacusia. Desde 2018 acompaño a personas con pérdida auditiva en sus procesos de adaptación, aceptación y autoconocimiento.
Mi propósito es ofrecer un espacio donde la persona pueda sentirse comprendida y acompañada, poner palabras a su experiencia y reconocer sus necesidades y recursos. Un lugar desde el que poder transitar los cambios que implica la pérdida auditiva y construir, poco a poco, una nueva manera de relacionarse consigo misma y con su entorno.
Porque aceptar la hipoacusia no significa resignarse ni renunciar a quiénes somos. Significa poder reconocer nuestra realidad, escuchar lo que necesitamos y encontrar nuevas formas de vivir y relacionarnos desde un lugar más consciente y auténtico.
Pérdida auditiva - el duelo
La llegada de una pérdida auditiva puede implicar un proceso de duelo. No solo se pierde una capacidad sensorial, sino que, en muchas ocasiones, también cambian aspectos de nuestra vida que hasta ese momento dábamos por sentados.
Duelo por la manera en que escuchábamos antes, por conversaciones que ahora requieren un esfuerzo mayor, por disfrutar de la música de otra forma o por la dificultad para participar en determinados espacios. Duelo por dejar de hacer algunas actividades, por sentir que ya no podemos desenvolvernos con la misma facilidad o por tener que pedir ayuda en situaciones en las que antes éramos independientes.
También aparecen pérdidas más sutiles: la espontaneidad en las conversaciones, la confianza para relacionarnos con otras personas, la seguridad en el ámbito laboral, la tranquilidad de poder atender una llamada telefónica o la sensación de pertenecer a determinados grupos y espacios sociales.
A veces, incluso cambios en la propia identidad; ¿quién soy ahora?, ¿cómo quiere vivir esta nueva realidad?
Este proceso puede despertar emociones muy diversas. Tristeza, enfado, frustración, miedo, inseguridad, soledad o sensación de incomprensión son algunas de las experiencias que pueden aparecer. También puede existir vergüenza, rechazo o dificultad para aceptar la propia hipoacusia, especialmente cuando durante mucho tiempo hemos intentado ocultarla o minimizarla para sentirnos «como los demás».
Cada persona atraviesa este proceso de manera distinta. El duelo puede aparecer de forma diferente según el momento de la vida en el que surge la hipoacusia, su evolución, el grado de pérdida auditiva y las circunstancias personales y sociales de cada persona.
Si el duelo no es reconocido por el entorno, esto puede hacer que nos sintamos solos en nuestro proceso o que pensemos que nuestras emociones son exageradas o difíciles de explicar.
Reconocer este duelo no significa quedarse atrapado en la pérdida. Significa poder darle un lugar, comprender lo que nos está pasando y permitirnos atravesar las emociones que aparecen, sin juzgarlas ni exigirnos adaptarnos rápidamente.
Además, en la hipoacusia, el duelo no siempre se presenta como un único proceso que comienza con el diagnóstico y termina cuando conseguimos adaptarnos a nuestra nueva realidad. A lo largo del tiempo pueden aparecer nuevas situaciones que nos recuerdan aquello que hemos perdido o que nos enfrentan a cambios inesperados. Son pequeños duelos, a veces casi imperceptibles, que pueden ir acumulándose y que también necesitan ser reconocidos y escuchados.
Acompañar este proceso es también ayudar a la persona a identificar qué ha perdido, qué necesita elaborar y qué puede conservar o reconstruir desde su nueva realidad. Porque aceptar no significa olvidar lo que hemos perdido ni resignarnos a vivir con menos. Significa integrar los cambios, reconocer nuestros recursos y descubrir, poco a poco, nuevas maneras de estar en nuestra propia vida.
Mi enfoque
Entiendo el acompañamiento como un espacio de encuentro en el que cada persona pueda sentirse acogida, escuchada y respetada en su propio proceso.
Mi manera de trabajar parte de una mirada humanista centrada en la experiencia presente y en el conocimiento de uno mismo. Acompaño a la persona a tomar conciencia de lo que siente, de lo que necesita y de cómo se relaciona consigo misma y con su entorno, favoreciendo que pueda reconocer y desarrollar sus propios recursos.
Integro también herramientas de Arteterapia Gestalt, utilizando la expresión creativa como una vía para explorar y dar forma a aquello que a veces resulta difícil expresar con palabras. No es necesario tener conocimientos artísticos: lo importante es el proceso, la experiencia y aquello que cada persona puede descubrir de sí misma.
Mi forma de acompañar es cercana, respetuosa y flexible. No parto de respuestas cerradas ni de un camino establecido, sino de la escucha y de la singularidad de cada persona. Cada proceso es diferente y merece ser recorrido desde el propio ritmo y las propias necesidades.
Creo en un acompañamiento que no busca decirte quién debes ser, sino ayudarte a escucharte, comprenderte y reconocer aquello que ya existe en ti. Un espacio para parar, mirar hacia dentro y poder elegir cómo quieres seguir avanzando.
«No se trata de decirte quién debes ser, sino de acompañarte a escucharte, comprenderte y reconocer tus propios recursos.»
